El otro día os conté que me había leído el libro “La magia del orden”, de Marie Kondo, y que había empezado a limpiar mi habitación… sacando 16 bolsas de basura solo el primer día.

El fin de semana no he avanzado demasiado porque me he pasado la mayor parte de fiesta con mis amigos, pero hoy lo he retomado… y tengo que decir que no veo el fin demasiado cercano, porque la habitación sigue completamente patas arriba, jajajaja.

 

Os dije que os iba a contar un poco más sobre el libro, porque a parte de ordenar y tirar cosas, a mí me está descubriendo muchas cosas sobre mí misma… y por eso me tiene tan loca. Así que voy a ello…

 

El libro lo ha escrito una japonesa que es una maniática del orden que llevaba prácticamente toda su vida buscando el método de ordenación perfecto, hasta que se dio cuenta de que uno de los problemas es que acumulamos demasiadas cosas, y por lo tanto, antes de ordenar las cosas lo que tenemos que hacer es DESCARTAR TODO LO QUE NOS SOBRA. La manera de descartar las prendas es ir cogiéndolas en la mano una por una y decidir si quedártela o no (no voy a desvelar más sobre como hay que decidir si descartarla o quedársela porque sería destripar gran parte del libro y no me parece bien hacer eso).

El caso es que, Marie Kondo, como buena japonesa, tiene una filosofía muy oriental sobre las posesiones materiales y considera que todos los objetos tienen energía y esa energía puede interactuar con nuestro estado de ánimo. Así que el libro también nos dice que debemos:

  • ordenar las prendas que nos quedemos de determinada manera para ganar espacio y potenciar la energía que irradian (son unos principios parecidos a los del feng shui, pero no exactamente los mismos).
  • despedirnos una por una de las prendas de las que nos vamos a deshacer (esto, para los que no seáis muy místicos puede parecer una gilipollez, pero ahora os voy a contar lo que me está aportando a mí hacer esto).

 

El libro se llama “La magia del orden” porque cuenta que muchas  personas después de deshacerse de tantas cosas, sienten una gran liberación, como si se hubieran quitado un gran peso de encima, y muchas de ellas al terminar de hacer la limpieza han hecho un gran cambio en su vida: han dado un giro a su vida sentimental, han dejado sus trabajos y han emprendido abriendo una empresa de lo que siempre habían soñado, etc.

Puede parecer una locura, pero hay que tener en cuenta una cosa: todos seguimos patrones y todo lo que hacemos lo hacemos por algo, y los comportamientos psicológicos están muy relacionados con acciones materiales simbólicas que los representan. Yo, por ejemplo, acumulo cosas “por si acaso las uso en el futuro”… y eso es un reflejo de mi actitud en la vida en general. Soy una persona a la que no le gusta nada correr riesgos sin tener un plan B y un plan C… “por si acaso”, y me cuesta bastante perder completamente la relación con las personas que en algún momento han significado algo en mi vida, aunque sepa que esas relaciones no me van a servir ya para nada. En este caso, mi forma de ser se refleja en mi manera física de ordenar (o acumular) ropa en mi habitación.

Y eso también funciona al revés: hacer algo físicamente puede cambiar nuestra forma de ser. Por ejemplo: una amiga mía lo había dejado con su ex-novio hacía casi dos años, y a pesar de haber cortado completamente el contacto, no conseguía superar la ruptura y pasar página. Su terapeuta le mandó buscar todas las cosas que tuviera de él en casa (por pequeñas que fueran), meterlas en una caja, ir al campo, cavar un hoyo y enterrar la caja. No valía simplemente tirarlas a la basura… tenía que enterrarlas con sus propias manos. Cuando lo hizo, por fin consiguió dejar esa relación atrás. Incluso todos sus amigos notamos con claridad que había cambiado completamente el chip a raíz de ese día.

Y es que, hacer físicamente algo tan simbólico, es una señal muy nítida para nuestro cerebro. Por eso, a mí, ir cogiendo prenda por prenda en la mano, despedirme de ella sabiendo que ya no voy a tenerla nunca más disponible “por si acaso” la necesito, y meterla en una bolsa de basura sabiendo que definitivamente no voy a volver a verla nunca más… me supone un ejercicio psicológico muy duro. No por tirar esa prenda en concreto, si no porque a mí, en general, siempre me ha resultado muy difícil desapegarme de las cosas.

 

Está claro que los comportamientos superficiales que tenemos en cualquier faceta de la vida, responden a algo más profundo. Yo misma, el día que me llamaron para decirme que mi abuela se había muerto, nada más colgar el teléfono, y mientras no paraba de llorar, me puse a limpiar la cocina compulsivamente (a pesar de que hasta ese momento no me había dado por hacer una limpieza a fondo de la cocina jamás). Cuando se lo conté a una amiga, ella me dijo que ella se ponía a ordenar su cuarto y a tirar cosas siempre que discutía con su novio. Y es que, la necesidad de ordenar o limpiar un espacio físico, casi siempre responde a la necesidad más profunda de necesitar poner en orden nuestra propia vida… sin embargo solemos empezar por el espacio físico que tenemos alrededor porque nos es más fácil empezar por algo más “abarcable” que por algo más profundo e intangible.

La tarea de tirar ropa vieja, que puede parecer tan limitada (y tan banal), a mí me está suponiendo un ejercicio práctico para ir aprendiendo a ser más “desapegada” de las cosas en general… y me ha hecho darme cuenta de cosas más profundas en particular. Sin ir más lejos, cuando el otro día me puse a tirar calzado me di cuenta de un fenómeno que me llamó poderosamente la atención, y al que a partir de ahora voy a llamar “la paradoja de las botas fantasma”.

 

Resulta que, en la zona de mi habitación que tengo destinada a “vestidor”, tengo las botas en la zona de abajo, ordenadas por colores. Tenía tres pares de botas marrones, y al cogerlos uno por uno, para decidir si tirarlos o no, las conclusiones que saqué de cada uno de ellos fueron:

  • las primeras son unas botas altas de color marrón chocolate, que me puse un día y nunca jamás volví a usar, porque el día que me las puse descubrí que hacían muchísimo ruido al ir andando (y es algo que molesta bastante porque estoy acostumbrada a llevar suelas de goma) y encima tenían una suela que resbalaba muchísimo en cualquier tienda o local en el que entrara. Así que decidí deshacerme de ellas (en este caso donarlas porque estaban nuevas).
  • las segundas son unas botas planas de un color marrón-arcilla, que me pongo prácticamente a diario y que ya empiezan a estar bastante desgastadas y se está empezando a agrietar la suela. Pese a eso, decidí quedármelas porque me encantan y me las pongo mucho.
  • las terceras son unos botines completamente destrozados: forro despegado, piel descascarillada, suela rajada… Pero de un tono de marrón-grisáceo que me gusta mucho y que guardaba para ponérmelos con algún modelito que solo me pegara con ese color (aunque luego no me los ponía nunca, porque es que de verdad estaban que daban asco). Esas decidí tirarlas.

Al tirar esos dos pares y ver el hueco que quedaba, me di cuenta de una cosa que me pareció muy fuerte: durante todos estos años, cuando yo miraba mi fila de “botas marrones”, veía muchas… y eso hacía que pensara que no tenía que comprar más botas marrones porque ya tenía bastantes… Aunque en realidad fuese mentira y solamente tuviera un único par aprovechable que fueran las botas que me ponía a diario. Los otros dos pares de botas-fantasmas estaban ocupando un hueco que en realidad no estaban rellenando

 

Una vez que las he tirado, he podido ver realmente lo que de verdad tengo (solo un par de botas y bastante desgastadas). Eso quiere decir que ahora, cuando pase por una zapatería, me fijaré en las botas marrones que haya en el escaparate, y el día que vea unas que realmente me gusten las compraré… en vez de pasar de largo por las zapaterías sin mirar los escaparates o ignorar las botas que me gustan… porque tengo “suficientes”. Además ahora veo mucho más claro lo que necesito comprar… porque antes, entre los tres pares tenía:

  • Unas botas de marrón claro, otras marrón chocolate y otras marrón grisáceo.
  • Unas eran altas, otras medias y otras botines.
  • Unas eran planas, otras con un pelín de tacón y otras con un poco de plataforma…

Viéndolas todas, no hubiera tenido claro que tipo de botas me hacían falta, porque PARECÍA que tenía de todas las clases. Pero ahora que me he deshecho de las botas-fantasmas, veo que solo tengo unas botas planas marrón-arcilla… por lo que me es mucho más sencillo ver el tipo de botas nuevas que debería comprarme, para tener más variedad.

 

Puede parecer que solo estoy hablando de botas… pero no es así. Me he dado cuenta de que con las relaciones sentimentales me pasa exactamente lo mismo. En mi vida sentimental soy muy dada a tener relaciones fantasmas con chicos que parece que están ocupando un hueco que en realidad nunca están llenando.

Siempre tengo alguna relación con algún chico con el que estamos que “ni sí, ni no”. Están en mi vida de forma más o menos estable pero son relaciones que no van a ninguna parte: ni me sirven para nada, ni me hacen feliz, ni rellenan el hueco que se supone que están ocupando. Unas veces son relaciones que me generan la falsa sensación de que tengo “algo” con ellos (aunque sea algo raro que definir), pero no es así… ¡En realidad no tengo absolutamente nada! Otras veces son chicos con los que parece que ahora no puedo tener nada por algún motivo concreto, pero mantengo esa relación porque puede que sí que llegue a algo en el futuro (cuando ese problema concreto desaparezca)… pero eso tampoco pasa nunca. Las relaciones, al igual que la ropa, si no te hacen sentir cómoda ahora, no lo van a conseguir tampoco en el futuro.

 

Puede parecer una idiotez, pero lo de las botas fantasma me ha abierto los ojos. Me ha hecho darme cuenta de que hasta que no me deshaga definitivamente de todas esas relaciones inútiles, no podré ver con nitidez el hueco que queda para afrontar lo que quiero hacer con él (ya sea llenarlo con un par de zapatos definitivos, dejarlo vacío, o meter cada día un par de “zapatos” desechables). Pero independientemente de lo que quiera hacer con ese “hueco sentimental”, tengo claro que tengo que dejarlo definitivamente vacío antes de volver a pensar con qué necesito rellenarlo… y ya estoy viendo ya un par de relaciones que tengo que finiquitar de una vez por todas.

Creo que es lo que me quería decir Espeso aquel día cuando me decía que estaba emitiendo una señal equivocada al universo, y no terminé de entenderlo. Pero ahora por fin lo he visto claro. Lo que no consiguió hacerme entender la física cuántica, lo ha conseguido un cambio de vestuario.

 

Manda huevos las paradojas que tiene la vida… y la magia que realmente se encuentra en el orden.