La peor consulta de traumatología que recuerdo fue hace ya unos años, y se desarrolló más o menos así:

  • Buenos días. Desnúdate de cintura para abajo y túmbate en la camilla, que voy a explorarte.

Según intentó tocarme la rodilla, la doblé automáticamente y él me echó una mirada asesina… también automáticamente. ¡Y eso que para mí ya había supuesto un gran esfuerzo mantenerla estirada cuando se me acercó!

  • ¡Pero no la dobles! Estírala.
  • Prfffff. No puedo… Es que si estas tan cerca no puedo volver a estirarla.
  • ¿Cómo que no puedes?
  • No puedo… es que tengo fobia… y no… no… no puedo.
  • Estírala, porque si no te exploro, no puedo darte un diagnóstico.

Yo me estaba poniendo malísima, pero él seguía insistiendo. Haciendo un esfuerzo (que evidentemente él no veía), la empecé a estirar despacito, pero en cuanto volvió a alargar la mano para tocarme, la volví a encoger.

  • ¡Vamos a ver! ¡Qué no nos podemos tirar así toda la mañana! Si no te dejas explorar, tendré que obligarte.

A estas alturas el médico ya estaba bastante cabreado y, según dijo eso, me sujetó la pierna con la mano izquierda con la intención de inmovilizármela y agarrarme la rótula a la fuerza con la derecha. No pudo llegar a tanto, porque antes de que me diera tiempo siquiera a pensarlo ni a ser consciente de lo que estaba haciendo, le había pegado una patada con la pierna que tenía libre y lo había estrellado contra la pared de enfrente.

  • Pe-pe-perdona… Lo si-siento… Yo no… no quería…
  • Pero que narices… ¡esto no lo había visto yo en la vida!

Eso no me pareció una información demasiado relevante teniendo en cuenta que no tendría ni treinta años, pero el caso es que salió de la consulta enfadadísimo, dejándome en shock, para volver al rato acompañado de otro médico bastante más mayor que él.

  • Mira, esta es la chica que te decía. Le he intentado sujetar la pierna para explorarla, ¡y me ha dado una patada!
  • ¿Le has intentado agarrar la pierna a la fuerza? ¿Pero cómo se te ocurre hacer eso?
  • ¡Porque no se dejaba tocar de ninguna otra manera!
  • ¿Pero es que no ves que tiene un “síndrome de aprehensión” clarísimo? No es que no quiera, ¡es que no puede! ¿No te das cuenta?
  • Si es que no la relaja…
  • Porque no puede, ¡coño! —Dijo el veterano cada vez más enfadado con el que me había atendido a mí—. Es como si una mujer a la que han violado, va a ginecólogo y le dice que abra las piernas y se relaje pretendiendo hacerle una exploración normal… ¿Tú crees que puede hacerlo tan fácil?
  • Pu-pu-pues…
  • ¿Pero no ves que está blanca, sudando y temblando?

Efectivamente yo estaba en la camilla agarrándome la rodilla, temblando y con los ojos llorosos todavía de la impresión que me había dado.

Por lo menos después de la bronca que le echó el médico más mayor, se quedó más suave, y se limitó a mandarme a rehabilitación sin intentar tocarme más y me dijo que también me vendría bien hacer algún tipo de ejercicio en casa. Cuando le pregunté si tenía alguna recomendación en concreto que hacerme, me dijo (con una mirada asesina): “Sí. Que vayas al psicólogo”.

Teniendo en cuenta lo comprensivos que son los médicos, y que ahora estoy mucho peor que por aquel entonces (y que tengo mucha más fobia todavía), me da pánico pensar en lo que me pueda encontrar mañana. Así que aquí estoy sin poder dormir y solo de pensar que me van a querer tocar la rodilla ya está empezando a dolerme.

Compartir:
Personajes: ,