Lo que quiero decir cuando hablo de que uno de mis pilares fundamentales es la gratitud es lo que voy a explicar a continuación.

Con diecisiete años se me salió la rótula por primera vez y me jodía muchísimo ver cómo mis compañeros de clase corrían, saltaban, y practicaban cualquier tipo de deporte… mientras yo estaba relegada a un banco porque si hacía algún movimiento brusco se me podía volver a salir la rodilla. Me preguntaba continuamente “¿Por qué yo?” y “¿Por qué tan joven?”. Tardaron un año en operarme y, evidentemente, después de operarme me mandaron a rehabilitación.

Nunca olvidaré de la primera vez que entré en la sala de rehabilitación. El fisio que me habían adjudicado había salido,así que me dijeron que me sentara a esperarlo. Mientras estaba allí sentada vi: a una chica que no tendría ni treinta años a la que le estaban enseñando a andar con unas piernas ortopédicas porque había perdido las suyas en un accidente de coche, a un niño de unos cinco años que estaba aprendiendo a andar con un aparato como el de Forrest Gump porque sus piernas eran muy débiles y no lo sostenían por sí mismas, y a unas gemelas de tres añitos que estaban allí porque una de ellas tenía problemas motrices y estaban intentando que mejorara (solo una tenía ese problema, pero les mandaban hacer los ejercicios a las dos para que la otra no se sintiera sola).

Evidentemente todas esas cosas no las supe al momento, me fui enterando después… pero el panorama que vi al llegar fue ese. Y me impactó. ¡Me impactó muchísimo!

He estado en rehabilitación más veces… y nunca ha vuelto a coincidir que me haya encontrado con gente que estuviera tan mal, ni con niños tan pequeños… Pero precisamente la primera vez fue así, para restregarme bien en los morros mis “¿Por qué yo?” y “¿Por qué tan joven?”. En realidad, supongo que en ese momento habría mucha más gente en la sala de rehabilitación (porque era muy grande) con lesiones más leves que no se notaran a simple vista, o que tuvieran los problemas en otras partes del cuerpo… pero cuando tú tienes mal una cosa, tiendes a fijarte más en eso… y en mi caso eso son siempre las piernas.

 

Mientras estaba observando ese panorama esperando a mi fisio, me prometí que NUNCA JAMÁS volvería a quejarme de mis piernas. Aunque las tenga hinchadas y deformes, aunque me duelan cuando cambie el tiempo, aunque no pueda hacer movimientos bruscos… son mis piernas, y no voy a tener otras mejores que estas. No serán las mejores piernas del mundo pero me permiten llevar una vida normal… y eso ya es más de lo que mucha gente tiene… Así que me hice la firme promesa de que todos los días daría las gracias por ellas y por todas las demás partes de mi cuerpo que funcionan como deben… ¡que son la mayoría!

Cuando por fin llegó mi fisio y lo conocí… hizo que me reafirmara aún más en esa idea: era un hombre encantador, una de las personas más alegres y positivas que he conocido en toda mi vida… y era ciego.

 

Creo que desde entonces… y hasta este año, nunca había dejado de ver mi vida como algo privilegiado.

Recuerdo que hace un par de años un chico me dijo: “Creo que eres la única persona feliz que conozco”. Me sorprendió que dijera eso porque yo no era consciente de que fuera “feliz”. Pero dije “Sí, es verdad que lo soy. No tengo ningún problema en la vida”. Y entonces el chico me sacó una docena de problemas (o lo que para él eran problemas) en un momento: no tienes pareja, todos tus amigos se han ido a vivir fuera y te has quedado sola, te acaban de despedir del trabajo, con lo que cobras de paro no te puedes mantener, tienes mal las rodillas (porque en aquel entonces no estaba coja, pero bien tampoco las tenía), etc. Me sorprendió oír semejante lista porque yo nunca hubiera considerado ninguna de esas cosas como un problema “de verdad” que pudiera impedirme ser feliz.
Anoche fue Javi el que me hizo ver que había dejado de ser feliz… y al igual que en el caso contrario, tampoco me había dado cuenta de ello hasta ese momento.

 

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