Menudo agosto de no hacer nada me estoy pegando. Para variar, antes de empezar el verano, había pensado mil cosas que hacer durante estos meses, incluyendo hacer ejercicio, avanzar escribiendo el siguiente libro (para que esté a tiempo para navidad), etc.  Pero al final no he hecho nada de nada.

Y es verdad que he empezado a currar… pero eso no es excusa porque solo voy por las mañanas y tengo las tardes enteras libres. Es una cuestión de vagancia pura y dura.

 

Ni siquiera he sido capaz de avanzar con la lectura de los libros que tengo pendientes (que ya son diez y subiendo)… y eso que el plan de mis vacaciones de este año (que ya os conté que iba a ser muy tranquilo porque iba con mis amigos con niños pequeños) y en principio no iba a tener nada mejor que hacer que tirarme a la bartola al sol con un libro mientras ellos hicieran cosas de padres con los retoños.

 

Bueno, pues a pesar de eso, he vuelto sin haber hecho nada de nada. Y no por culpa de ir con niños pequeños… porque otro chico y yo estábamos solteros y podíamos habernos ido de fiesta por nuestra cuenta, pero me temo que ya no nos apetece tanto el plan de empalmar una semana de fiestas locas tanto como el de vacaciones de relax. Lo máximo que hemos hecho ha sido tomar un par de cervezas en el patio de casa.

 

Supongo que estamos madurando… y de hecho nuestra compra de este año lo ha dejado bastante claro. Desde hace unos años encargamos la compra online antes de ir y pedimos que nos la entreguen el día que llegamos por la tarde (así nadie tiene que llevar el coche lleno de compra ni tenemos que perder tiempo en ir a comprar una vez que estamos allí), y lo primero que siempre poníamos en la lista era la bebida… y por supuesto cuando hablo de bebida quiero decir bebida alcohólica.

Este año hemos tenido una gran compra de bebida… pero, a diferencia de años anteriores, el 90% ha sido agua mineral. 🙄🙄🙄

Antes teníamos el frigo lleno de cerveza (que era el único producto vegetal que admitíamos consumir en vacaciones)  y los armarios llenos de pizzas, galletas, bolsas de doritos, gusanitos, patatas fritas… y este año ha sido todo lo contrario: el frigo lleno de frutas y verduras para hacer comidas sanas. Y es que yo ya avisé de que este año quería hacer comidas saludables, pero es que los padres tampoco han querido comprar nada procesado para darles de comer a los niños… así que comprado frescos y cocinado más que nunca.

 

Eso respecto a las comidas, pero de los productos de cuidado personal ya ni hablamos, claro. Antes, en la maleta llevábamos mil modelitos posibles: que si uno diferente para salir de fiesta cada día si hacía calor, otros por si hacía frío, conjuntos cuquis de ropa interior, etc. Y de higiene solo llevábamos el cepillo de dientes y una vez allí comprábamos un bote de champú y de gel para todos y listo. Ahora cada uno lleva su propio arsenal de cremas, porque cada vez tenemos mas claro lo que nos va mejor y no queremos cambiar.

El primer día, nada más entrar en el baño, cada uno ya habíamos dispersado por la encimera, al menos 5 cremas diferentes (yo incluso me había llevado el cepillo de dientes eléctrico y el masajeador facial) . Había más cremas que en una botica: que si una crema para pieles atópicas, que si un sérum antiarrugas efecto botox, cremas de día, cremas de noche, toda una gama de limpiadores y productos para pieles grasas, un roll-on efecto frío para reducir las ojeras, una crema para atenuar las manchas solares, cremas para antes y después del afeitado… y por supuesto, toda la gama de crema de protección solar imaginable (de todos los factores posibles) y sus correspondientes tratamientos after-suns. Jajajaja.

Y es que es verdad que fastidia irte de vacaciones cargada de cremas (que abultan y pesan un montón), pero yo tengo comprobadísimo que como esté tres días seguidos fuera de casa sin seguir mis rutinas de cremas o usando unas cremas diferentes de las que sé que me van bien, se me apaga la cara, me salen rojeces, se me marcan más las arrugas y me lleno de granos… y luego me paso con la cara como un orco un mes hasta que consigo recuperarla… y claramente no me compensa. Y supongo que a los demás les pasa lo mismo, porque esta vez en nuestras maletas no había más que un par de modelitos para los días de calor calor, una cazadora por si hacía frío, la ropa de baño y de dormir… y un neceser que abultaba cuatro veces más que toda la ropa junta, jajaja.

 

En fin, supongo que esos cambios son normales y no me resultan tan raros porque, en realidad, cuando voy con mi hermana ya también llevo comida sana y más cremas que ropa… pero la diferencia sustancial respecto de ir con otra gente “viejuna” pero soltera a ir con gente “viejuna” con niños son los horarios a los que te levantas y te acuestas y sobretodo sobretodo… lo más traumático para mí es el cambio de música ambiental, que ha pasado de ser rock y música pop variada de los 80 y de los 90, a escuchar en bucle una y otra vez los grandes éxitos de Miliki.

Tenía que haberme llevado unos tapones para los oídos porque creo que no voy a conseguir sacarme de la cabeza el puto barquito de cáscara de nuez hasta las navidades del 2022. 😩😩😩

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