Cuando el yogurín volvió, se sentó en el sofá pero esta vez ya no tan alejado de mí. Intentó volver a pegar un trago del cubata-mix ese que le había preparado Jose sin consultarle antes que era lo que bebía, y al igual que la vez anterior, según se lo acercó a la boca puso cara de asco y lo volvió a posar en la mesa sin probarlo.

Parecía que ya se le había pasado bastante el pedo que llevaba, y yo desde luego ya me había espabilado del todo… así que seguimos hablando, esta vez de todo un poco, y me empezó a dar la sensación de que cada vez estábamos más a gusto y que ya ninguno tenía ganas de salir corriendo de allí. Muy al contrario, parecía que la noche (ya casi “día” porque estaba empezando a amanecer) sí podía terminar de una forma bastante interesante… si es que mis amigos en algún momento se dignaban a ir a dormir, porque lo que estaba claro es que no íbamos a hacer nada mientras estuvieran fuera, porque igual que los estábamos escuchando nosotros a ellos, ellos nos podrían oír a nosotros con toda claridad en caso de que hiciéramos algo.

Afortunadamente, no aguantaron mucho más, y, poco después de que Oli se hubiera retirado, pasaron los tres desfilando escaleras arriba (como en un desfile de indios zombies) para irse por fin a la cama… y casi automáticamente el yogurín se acercó un poco a mí para quedarse sentado a mi lado.

 

Más o menos el mismo tiempo que tardaron los chicos en subir a las habitaciones después de que se hubiera ido Oli, fue el que tardó el yogurín en meterme morro.

La cosa se empezó a calentar y como, por casualidades de la vida (al igual que mi hermana y que Oli), yo también había dejado el bolso en el salón, y siempre llevo un par de condones (como buena soltera que soy)… terminamos rematando.

Sin entrar en más detalles, tengo que decir que todo fue correcto (que, por otra parte, es lo que cabe esperar de un chico que no pasa de los 25 años).

 

Al terminar ya era de día, pero el chico me dijo que si no me importaba que se quedara un rato a echar una cabezada porque estaba que se caía… y le dije que no. Que mientras estuviéramos vestidos cuando mis amigos bajaran a desayunar no había problema.

Nos quedamos dormidos un rato (poco, porque dormir dos personas en un sofá muy cómodo no es, que digamos), y cuando nos despertamos al chico casi le dio un soponcio al ver que eran las 9 de la mañana.

  • ¡¡¡Ostras!!! Se me ha hecho tardísimo. Me tengo que marchar ya mismo. ¿¿¿Pero cómo he podido despistarme tanto de la hora??? ¡¡¡Qué cagada, joder joder joder!!!

Y casi sin que me diera tiempo a decirle ni “adiós”, salió pitando por la puerta mientras se abrochaba los pantalones por el camino.

 

Yo ya estaba desvelada y a esas horas no tenía sentido ninguno que me volviera a la cama porque como mucho iba a dormir una hora hasta que se empezaran a despertar el resto, así que me levanté, fui a la cocina y me puse a hacer café mientras me reía yo sola pensando en lo absurda que había sido toda la noche y me preguntaba cómo habrían conocido mis amigos a este chaval, que era lo que pensaban hacer para que cuando aparecí por las escaleras él dijera que había salido todo fatal… y sobretodo, sobretodo, cómo habían conseguido convencer a un completo desconocido para que se fuera hasta un chalet perdido del mundo con cuatro gilipollas vestidos de indios.

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