Cuando Alberto dijo que yo era la del cumpleaños, el chico se echó las manos a la cabeza y empezó a decir: “¡¡¡Joder, qué mal!!! ¡¡¡Qué cutre, tío!!! ¡¡¡Lo has hecho fatal!!! Prfffff, ¡¡¡vaya mierda!!!”. Yo no entendía nada, pero el chico no hacía más que mirarme con cara de desilusión y seguía diciéndole a Alberto “¡¡¡No tenía que ser así!!! ¡¡¡Menuda birria!!! ¡¡¡Lo has estropeado todo!!!”.

Mirando alrededor, confirmé por enésima vez que efectivamente no había ningún otro extraño en la habitación y le pregunté al chico desconocido lo que en realidad me intrigaba más de la historia, que fue algo como: “¿Pero se puede saber qué te han dicho estos para conseguir que hayas venido tú solo hasta aquí?”.

Ni siquiera hizo amago de contestarme, porque justo le empezó a sonar el móvil y no tardó ni dos segundos en cogerlo (yo creo que más por escaquearse un poco de la situación que estábamos viviendo, que porque tuviera interés en contestar la llamada en sí).

 

Por la conversación entendí que los que llamaban debían ser sus amigos, que lo habían visto irse con una panda de desconocidos (disfrazados de indios, por añadidura) y no hacían más que llamarlo para ver dónde estaba y si estaba bien, a lo que él les decía: “Que sí, que estoy bien. Que no pasa nada… Estoy en… Hummmm, no sé… en una casa. ¡Yo qué sé, tíos! Pues una casa normal… de dos plantas. Un chalet. Por la zona en la que vive el Antonio…”

Cuando colgó el teléfono, mirando a Alberto y a Jose, dijo “Yo que venía con toda la ilusión y al final ha salido fatal por culpa del tío que ha subido a la habitación. Vaya mierda… Pero bueno, otra vez será. Me largo a mi casa”, y yo, que no quería más que volverme a dormir, me di la vuelta sin pensármelo dos veces y dije “A mí mañana me explicáis lo que ha pasado aquí, porque no entiendo nada. Pero de momento me vuelvo a la cama, que tengo mucho sueño”. Pero antes de que pudiera subir las escaleras de nuevo, Jose me interceptó y, metiéndome en el salón, dijo “¡¡De eso nada!! De aquí no se mueve nadie. Con lo que nos ha costado organizarlo todo, por lo menos tenéis que tomaros una copa juntos. ¿Dónde has dejado tu cubata?” -le preguntó directamente al yogurín-. El chico señaló un vaso que estaba en la mesa, y Jose desapareció para ir a buscar las botellas con las que rellenárselo.

Alberto nos llevó a empujones hasta el sofá, y una vez que estuvimos sentados (uno a cada punta… y si no nos sentamos más lejos fue porque no pudimos), cogió el mando de la tele y se puso a hacer zapping. Nos preguntó“¿Que os pongo en la tele, chicos?”. Sin que nadie le hubiese respondido nada todavía, encontró una peli de vaqueros y dijo “Voy a dejar esta peli, que tiene muchos disparos, para que vayas afinando puntería”, y le guiñó un ojo al yogurín, que se quedó con cara de no saber dónde meterse, mientras que yo estaba empezando ya a cabrearme, porque lo único que quería era volverme a la cama (sola y a dormir, por si no lo he dejado todavía suficientemente claro) y no entendía ese repentino interés por intentar liarme a toda costa con un completo desconocido al que no tenía ni idea de qué le habían dicho para llevarlo hasta allí, pero cuanto más lo pensaba más vergüenza (no tengo claro si ajena o propia) me daba todo el asunto.

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