Estaba profundamente dormida, cuando de repente, me despierta Alberto agitándome por los hombros diciéndome: “Sandra, Sandra… levántate, que te hemos traído un yogurín surfista”.

Abrí los ojos y vi de reojo que eran las seis y cuarto de la mañana.

  • ¿Qué coño dices?
  • Que sí, que sí. Baja al salón, que hemos encontrado a un yogurín surfista y te lo hemos traído de regalo de cumpleaños.
  • Que me dejes en paz y te eches a dormir la mona, ¡hombre ya!
  • Vengaaaa Sandra, ¡baja! Jooooooo. ¡Que nos ha costado mucho trabajo conseguirlo!

Al decir que les había costado mucho, de repente lo vi claro. Seguramente habían andado por ahí de fiesta, no habían encontrado ningún garito abierto ni nada, y al volver a casa con todo el pedo se les había ocurrido hacerme un falso yogurín surfista con un montón de cosas que había en el cuarto de las escobas… entre ellas, una mini tabla de surf y una fregona.

 

  • Vamos a ver, que no pienso bajar para ver a saber qué mierda que me hayáis montado… Déjame dormir que estoy muy a gusto en la cama, ¡coño!
  • Vengaaaa, jooooo, baja… que si no voy a tener que ir a por Jose y Pedrito y te bajamos entre todos por las escaleras abajo, ¿eh?

Aunque Alberto me estaba hablando en bajito para no molestar a Raquel, que estaba dormida al lado, con tanto jaleo terminó despertándose y dijo:

  • Joder, Sandra, vete de una vez para que se calle… porque ha entrado en bucle de borracho y si no bajas puede estar dando la turra aquí hasta mañana.
  • Prfffffff.

Resoplando y a regañadientes, me levanté y empecé a bajar las escaleras, despelujada, con mi camiseta-camisón de Barrio Sésamo y los ojos medio cerrados. Según iba más o menos por la mitad, vi que estaban Oli y Jose esperándome abajo… al lado de un chico desconocido. No parecía exactamente un surfista, pero desde luego sí que era un yogurín.

 

Me quedé un poco flipada, y eché la vista alrededor buscando a más desconocidos, porque tenía claro que si efectivamente habían conseguido llevar a casa a algún tío (yo seguía sin entender ni cómo ni por qué), lo que era imposible es que hubiera accedido a ir solo… así que claramente tenía que haber más chicos por allí que hubieran ido con él en pandilla. Pero por mucho que miraba, no veía a nadie más… Aunque Pedrito tampoco estaba y se oían ruidos y golpes que venían de al lado, así que di por hecho que estaban todos los demás (Pedrito y los amigos que hubieran venido con el chaval misterioso) en el salón.

Mientras yo seguía intentando dejar de bostezar, y tratando de abrir del todo los ojos… fui bajando a trompicones las escaleras, seguida de Alberto, que venía pegado a mí con una sonrisa de oreja a oreja.

El chico desconocido continuaba parado en el primer escalón… mirando hacia arriba, por detrás de nosotros dos…. como esperando que alguien apareciera en el piso de arriba.

 

Según iba llegando al final de la escalera los ruidos y los golpes dejaron de oírse (que a esa distancia me dio la impresión de que venían del cuarto de las escobas más que de el salón) y el resto de la casa se quedó en silencio, por lo que me di cuenta de que no podía haber nadie más… a parte de Pedrito, que acababa de aparecer solo para sumarse a Oli y Jose en una especie de grupito que parecía el “comité de bienvenida de los tres tarados que no paran de reírse”.

Cuando llegué a la parte de abajo de la escalera (o sea, a la altura del chico desconocido), volví a dar otro vistazo alrededor buscando más gente, porque seguía convencida de que era imposible que hubiera ido un chico solo sin más amigos… pero definitivamente allí estábamos nosotros solos.

 

El chico desconocido seguía mirando hacia la parte de arriba de las escaleras, pero al ver que no bajaba nadie más, miró con cara de confusión a Alberto, y este le dijo: “¿A quién buscas? ¡Que es esta! ¡¡¡Esta es la chica del cumpleaños!!!”.

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