De repente, alguien dio la luz y aparecieron todos mis amigos vestidos de indio gritando “¡¡¡SORPRESAAAAAAAAAA!!!”, y se pusieron a cantarme el cumpleaños feliz.

  • ¡¡¡Pero si mi cumpleaños es mañana!!! -dije sorprendida-.
  • Ya… pero como mañana ya vamos a estar preparando para irnos y no vamos a poder hacer nada especial, pues te lo hacemos hoy -contestó mi hermana-.
  • ¡Y además así es más sorpresa, porque no te lo esperabas! -respondió Raquel-.
  • Ven aquí, Sandra, que te pongo tu disfraz y te pinto la cara en lo que los demás preparan la mesa -dijo Oli-.
  • ¿Pero yo también tengo disfraz?
  • ¡Claro! ¡Nosotros tenemos disfraces de indios normales y tú tienes el de gran jefe indio! – y lo dijo mientras sacaba un colgante, una pipa de fumar de mentira y un penacho de plumas enorme para ponérmelo en la cabeza-.
  • Jajajaja, ¿pero cuando habéis comprado todo esto?
  • Esta tarde, cuando volvíamos de la playa. En una tienda de chinos que había de camino. ¡Mira! Si hasta la pequeñaja se ha vestido también de indio y hemos puesto cadenetas para decorar el jardín y todo.
  • ¡Hala! Es verdad. No me había fijado…

 

Cuando Oli terminó de pintarme la cara y colocarme el penacho de plumas, nos sentamos todos a cenar los pollos asados… y para ese momento, con lo inesperado de la sorpresa, ya se me había olvidado completamente el disgusto de lo del pollazo.

La cena transcurrió sin ningún incidente y cuando terminamos, como ya era un poco tarde, Rosa se fue a acostar a la niña y se despidió hasta el día siguiente porque dijo que, como ella también estaba muy cansada, ya no volvía a bajar y se quedaba durmiendo con ella.

Raquel y mi hermana, que no tenían que acostar a ningún niño pequeño pero que normalmente a las once de la noche ya están sopa, aguantaron un poco más, pero sobre las doce y media decidieron retirarse porque ya estaban más tiempo con los ojos cerrados que abiertos.

En el momento en el que nos quedamos solo Jose, Alberto, Oli, Pedrito y yo… alguien decidió que era el momento perfecto de aparcar las cañas y darnos directamente a los cubatas. Así que sacamos la artillería para seguir bebiendo tranquilamente repanchingados en las hamacas que teníamos en el jardín.

 

Cuando nos estábamos poniendo la primera copa, reapareció mi hermana, que bajaba a buscar los tapones para los oídos… porque decía que entre las risas y las voces que estábamos pegando, no se podía dormir. Como los tenía en la bolsa de playa, y bajó ya con poca paciencia… volcó el contenido de la bolsa en la mesa del salón para encontrarlos más rápido, dejando por ahí desperdigado todo lo que había dentro: las cremas de protección solar, un zapatito de la niña pequeña que se le había caído cuando volvíamos de la playa para casa, mi primer libro “No sé si tirarme al tren o al maquinista”, que se lo había llevado para leerlo en vacaciones… y por último, los tapones.

Agarró los tapones, se los puso, y con las mismas, volvió a desaparecer.

Compartir:
Personajes: , , ,