La verdad es que nos sorprendió que la playa tuviera una media de edad tan alta y un ambiente taaaan familiar, ya que en principio era una zona en la que se podía hacer surf, por lo que yo había ido con la esperanza de poder ver/atacar a algún yogurín-surfista-pibón de estos que cuando salen del agua parece que están protagonizando algún anuncio de colonias… pero en toda la semana que estuvimos allí no vi nada parecido.

Para empezar porque la media de edad de los “señores” que había por la zona era prácticamente el doble de la de los tíos que me suelen gustar a mí (que soy de naturaleza bastante asaltacunil), y la masa corporal que ostentaban también era el doble de la que me parece adecuada para que se me puedan poner encima sin riesgo a fracturarme tres costillas.

Es más, si hubiera podido hacer una foto de los tíos que tenía yo en mente y otra de los que tenía alrededor ni siquiera parecería que son ejemplares de la misma especie.

 

Ya empezaba a pensar que era un problema mío se súper-exigencia o algo así, hasta que a los dos días de estar allí mi hermana comentó que le parecía muy raro que en esa playa solamente hubiera familias y gente mayor.

Ella, a pesar de estar soltera, no iba con las mismas intenciones que yo, porque estaba tonteando con un chico que acababa de conocer y no tenía ojos para más. Pero aún así no pudo evitar fijarse en que el ambiente de la playa fuera tan poco juvenil.

Solo vimos a dos tíos más o menos decentes… y los dos estaban con sus respectivas novias. Así que, antes de que lleváramos allí ni una tercera parte de las vacaciones, di por perdida la operación “que me pongan mirando para barlovento”.

 

Y la verdad es que no lo entiendo, porque Tarifa estaba al lado y recuerdo que mi amiga Patri una vez que fue a veranear a la misma zona decía que había visto a los mayores pibones de su vida (lo podéis leer en el post “perdiendo líquidos“), pero en la playa en la que estábamos nosotros yo solo veía gente viejuna (y bastante decrépita, por añadidura).

Pensando que quizá la concentración de pibones estaba solo y exclusivamente centralizada en Tarifa y que en los alrededores solo quedaban los “restos”, un día mi hermana y yo nos calentamos y fuimos hasta allí, pero nada. No sabemos si era porque no hacía un buen día para hacer surf o qué, pero desde luego que nos volvimos con el mismo recuento de pibones avistados que cuando fuimos.

 

Como yo me conformo con poco y tengo tendencia a que me haga ilusión cualquier chorrada, un día volviendo para casa vi un cartel que ponía:

Y ya que estaba claro que me iba a volver a casa sin haber catado a ningún surfista-pibón (bueno… o a un pibón a secas, aunque no fuera surfista ni nada), recalculé rápidamente mis objetivos vacacionales y decidí que no me podía volver a casa sin ir al asador de pollos y decirle al tío “dame un pollazo” o “quiero que me des un buen pollazo”… eso ya, según se terciara.

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