Después de tener que aguantar las obras y llegar tardísimo al trabajo, encima he tenido una tardecita fina de trabajo.

Cumpliendo rigurosamente la ley de Murphy: todo lo que podía salir mal, ha salido mal.

Menos mal que cuando ya casi iba a salir de trabajar me ha mandado un Whatsapp (sorpresa, sorpresa…) ¡el boxeador!

  • Eyyyyy, osito de peluche. ¿Qué tal te va?
  • ¡Hola guapo! Pues mira, todavía en el curro. ¡Prffff!
  • ¿Pero tú trabajas por las tardes?
  • Tengo horario flexible, así que depende de a la hora que entre y del tiempo que pierda para comer. Hoy me ha tocado entrar tardísimo porque por la mañana me he tenido que quedarme en casa por unas movidas con unos cabrones de fontaneros, y por esto todavía estoy aquí. ¡Qué ganas tengo de llegar a casa! ¡Estoy reventada!
  • Vaya… Y yo que te iba a proponer hacerte una visitilla…
  • Jajajaja. Pues si te digo la verdad… estaba pensando en meterme en la cama según llegue…
  • Bueno… en la cama te vas a meter de todas formas.
  • Jajajajaja.
  • Si quieres te paso a buscar yo ahora por el curro en coche y te llevo a casa. No sé donde estás… ¡pero en menos de diez minutos estoy ahí!
  • Jajaja. No sé… Es que me quería dormir pronto. Además entre el cansancio y el cabreo…
  • ¡Anda tonta! Que no te lío mucho…
  • Hummmm…
  • Uno express y me piro. Además así seguro que te quedas más tranquila, más relajada y te duermes antes…

Quién iba a pensar que tal y como empezó el día, iba a terminar así. Pero es que con esos argumentos, ¡no se puede decir que no!

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