Este fin de semana me ha pasado algo que todavía no tengo claro si me ha provocado más indignación o más felicidad… o las dos cosas a partes iguales. Y ha sido por la reaparición, con cita doble incluída a traición, de un personaje al que ya daba completamente por desaparecido de mi vida.

 

La cosa empezó cuando el sábado por la mañana me escribió Rodri (el chico con el que estuve liada el año pasado y que siempre me ponía para merendar sandwiches de nocilla en menaje de Hello Kitty, jajaja) para preguntarme si podía quedar con él por la tarde a tomar algo. Evidentemente el hecho de que me escribiera ni es lo que me indignó ni lo que me alegró… más bien me produjo sorpresa porque hacía un montón que no hablaba con él.

Perdimos bastante relación desde que en septiembre se marchó a Inglaterra por trabajo tres meses. Cuando volvió ya era casi navidad y desde entonces sí que hemos quedado dos o tres veces (y nos hemos escrito por whatsapp otras tantas), pero no hemos mantenido demasiado el contacto porque él ahora tiene novia y, evidentemente, no procede.

 

El caso es que no me hubiera parecido demasiado raro si me hubiera escrito en un plan más casual, como suele hacer siempre… pero me extrañó que me preguntara a que hora PODÍA quedar con él, sin más rodeos… como si fuera algo urgente.

Le dije que no tenía planes para variar (ya os he dicho que últimamente mis planes son más de tarde, de tomar infusiones con amigos que tienen niños pequeños… y para colmo, con suerte, es un plan que solo se da una vez cada tres semanas), así que estaba disponible a cualquier hora. Me contestó enseguida diciéndome que entonces quedábamos a las 9 en el bar al que solemos ir siempre.

 

Los dos somos muy puntuales, así que me extrañó que cuando dieron las 9 no estuviera a la puerta… pero casi acto seguido me llegó un mensaje que me ponía “Sandra, cuando llegues, pide y sube a la planta de arriba, que yo ya estoy dentro”.

Eso sí que me pareció raro rarísimo, pero como ya dijo Javi en aquella ocasión tan inoportuna en la que casi me atraganto por su culpa, soy muy bien mandada… así que entré en el bar, pedí un calimocho en la barra de abajo, y subí para arriba para reunirme con Rodri.

 

Enseguida lo localicé. Estaba sentado en una mesa de cara a la escalera (o sea, hacia mí), con una jarra de cerveza en la mano… hablando con un chico que estaba sentado enfrente de él, que tenía otra jarra de la misma envergadura. Y pensé “¡Ahhhh, claro, ahora lo entiendo! Seguro que ha llegado un poco antes que yo, se ha encontrado a algún conocido y han entrado juntos por no estar esperando fuera”.

Me he acercado a la mesa dispuesta a saludar al desconocido, pero cuando se dio la vuelta resultó que no era nada desconocido… y mi cara debió ser un poema. Aunque supongo que no más que la suya…

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