Lo que había empezado como un claro farol por su parte de repente se había convertido en un “¿a qué no hay huevos?”, y como Oliver no parecía dispuesto a retractarse, se levantó y vino al baño detrás de mi. Al entrar cerró la puerta y acto seguido se separó hasta la pared que estaba opuesta a la mía y quedó allí lo más quieto y pegado a la pared que le era posible.

  • Bueno… ¿y ahora qué?
  • Pues me la tendrás que enseñar, ¿no? Tu sabrás, que eres tú el que ha propuesto el plan.
  • Hummm… bueno… —y empezó a desabrocharse el pantalón—. Con verla por encima del calzoncillo vale, ¿no?
  • Noooooo, jajajaja, ¡no vale!
  • ¡Prffff! Ay dios. Me das un miedo…
  • ¿Por qué? ¿Te piensas que voy a aprovechar a que tengas los pantalones bajados para tirarme encima de ti contra la pared? —y esto último lo dije mirándolo de arriba a abajo con cara de loba y mordiéndome el labio—.

Se quedó automáticamente quieto mirándome con tal cara de terror que no pude evitar soltar una carcajada (que encerrados en el baño retumbó mucho más alto de lo que hubiera sido recomendable).


Y es que no puedo evitar que me haga tantísima gracia ver a un tío tan grande mirándome con una cara de pánico como si pudiera violarlo en contra de su voluntad o algo parecido… cuando, en realidad, con solo estirar un brazo me mantendría a un metro alejada de él, sin posibilidad de acercarme.

  • ¡¡Prffffff!!
  • Venga, anda, idiota. Que no te pienso hacer nada… Solo me faltaba a mí ahora echar un polvo en un baño, con la rodilla doliéndome y a la pata coja, para que en cinco minutos venga a sacarnos el camarero y pase la vergüenza de mi vida.
  • Madre mía. En vaya jaleo más tonto me he metido… —dijo volviendo a retomar el tema de bajarse los pantalones—.
  • Es que todavía no entiendo en que momento pensaste que yo te iba a decir que no…
  • Yo que sé, tía. Estoy borracho… No pienso con claridad… Ya está. ¿Ves como Nacho Vidal no soy?
  • Bueno mira… lo que también está claro es que eso no son siete centímetros, ni de coña. Ni doce tampoco… Y eso que no está estirada… ¡DEL TODO! Jajajaja.
  • Jajajaja. Joder… que tensión.
  • JAJAJAJAJA.
  • Bueno… y ahora cuando salgamos qué piensas decir?
  • Pues que yo tenía razón y que a la próxima ronda invitas tú.

Cuando salimos nos encontramos a Enma, Iñigo y Paco-Will, con cara de póker, callados y mirándonos a uno y a otro alternativamente.

  • (Iñigo) Bueno, ¿qué? ¿Al final te has rajado o no? —le preguntó a Oliver—.
  • (Oliver) No,
  • (Iñigo) ¿¿No?? —mirándome con los ojos como platos—. ¿Y? ¿Cual es el veredicto?
  • Que nos tiene que pagar una ronda y que es una pena que me tenga tanto miedo… porque si no me lo llevaría a casa ahora mismo para demostrarle que sí que puede hacer la postura esa que decía que no podía.
  • (Iñigo) Jajajajajajaja.

Al poco rato ya nos fuimos para casa. Prácticamente nada más salir del bar, Enma me dijo:

  • Tía, ¡qué gilipollas es Paco-Will! Cuando os habéis ido…

    … ¿por qué hace eso? ¿¿No sé da cuenta de que ahora ya me vuelvo a quedar jodida otra semana entera??
  • Pues la verdad es que no sé si no es consciente de lo mucho que te afecta, o si es que le da lo mismo.