Ayer a mediodía me llamó “Espeso”:

  • ¡Hola guapa! ¿Qué tal tienes esta tarde para tomar una caña?
  • ¡Anda! ¿Pero estáis aquí? ¿Habéis venido a pasar el día o algo así?
  • No, he venido yo solo, por trabajo.
  • ¡Ah, vale!
  • ¿Qué te parece quedar sobre las seis o así?
  • ¡Perfecto!

 

Cuando llegué al bar en el que habíamos quedado, me dijo:

  • ¡Anda! ¡Qué guapa te has puesto! ¡Con los labios rojos y todo! Y yo con estas pintas, que casi no he dormido y estoy hecho un asco. Si lo llego a saber, me hubiera afeitado, o peinado… o algo.
  • Jajajaja. Da igual, ya ves que tontería. A mí es que últimamente me ha dado por arreglarme más. Como ahora estoy en casa metida todo el día, estoy harta de verme en chándal y en pijama… y me apetece más arreglarme. Pero es una novedad de esta semana… antes no me pintaba los labios nunca.

  • Pues te queda muy bien. Deberías pintártelos más a menudo.
  • ¡Gracias! Pues lo mismo a partir de ahora sí que lo hago, aunque el único pintalabios que tengo es uno rojo fosforito que compré hace mil años y que no me gusta demasiado como me queda.
  • ¿Y el que llevas puesto?
  • Es el rojo, pero después de haberle dado encima con el lápiz de ojos negro, para oscurecerlo un poco… que así sí que me gusta como queda.
  • Jajaja. ¡Anda! ¡Mira que apañada!
  • Sí, pero es un poco rollo tener que andar dando uno encima del otro todo el rato. Pensaba haber ido esta tarde a comprarme algún otro color más chulo, pero como he quedado contigo ya no me ha dado tiempo.
  • ¡Pues vamos ahora! ¡Te acompaño! Así recuerdo mis viejos tiempos de cliente vip de tienda de belleza, jajaja.
  •  ¿Eins?
  • ¿No te he contado la época en la que fui comprador compulsivo de los productos de Yves Rocher?
  • 😳😳😳 Pues… no.
  • Pues resulta que un día, volviendo de trabajar, pasé al lado de una tienda de Yves Rocher y al mirar para dentro vi a una dependienta monísima dentro: bajita, morena, coleta al viento, piel blanca, manos cuidadas, ojazos negros… ¡Me enamoré nada más verla! Así que, después de estar mirándola 5 minutos a través del escaparate, me decidí a entrar:
    • Hola, ¿te puedo ayudar e algo?
    • Ehmmm… Sí, no, eh… estoy buscando un, un… ¡gel!
    • ¿Es para ti?
    • Sí, sí, es para mí… ¿Qué me recomiendas?
    • Puedes usar este de papaya, que huele muy bien.
    • Genial. Pues ese entonces.
    • ¿Quieres algo más?
    • Hummmm, no.
    • ¿Ya eres socio?
    • No.
    • Pues con la tarjeta de socio tienes descuentos y ofertas especiales.
    • Vale, pues házmela.
    • Perfecto. Acompáñame.
  • Evidentemente eso se lo dije para poder estar un rato más hablando con ella, aunque tengo que reconocer que no me sirvió demasiado. Principalmente porque estaba tan nervioso que no paraba de tartamudear y mirarla de reojo sin ser capaz de decirle nada.
  • Jajaja. Pues sí que te dio fuerte…
  • Sí sí. Fíjate si me dió fuerte, que al día siguiente volví a ir:
    • Hola, ¿qué tal el gel de papaya? ¿Te gusta?
    • (Ay Dios mío que se acuerda de mí) Pues muy bien. Me gusta tanto que… que yo, hummm, que venía a ver si también lo tienes en champú.
  • Jajajaja. La tía fliparía…
  • Bueno… Ese día no flipó mucho. Flipó más cuando volví al día siguiente y le dije que iba a por otro champú diferente:
    • ¿Qué pasa? ¿No te ha gustado el de papaya?
    • Sí, sí… Si me encanta… Pero es por tener varios, por cambiar un poco.
  • Jajajajaja. ¿Le dijiste que querías otro por cambiar, al día siguiente de llevarte el primero?
  • Bueno… eso no es nada. Durante las dos semanas siguientes, creo que fui unas 6 veces más. Me llevé una crema de cara, una crema de manos, un montón de colonias… Ya me conocían todas las dependientas.
  • ¿Y la chica no se daba cuenta de que ibas por ella?
  • ¡Anda! Claro que se dió cuenta ella y se dieron cuenta todas. De hecho un día entré y como ella estaba ocupada, me vino a atender otra chica… y la jefa le dijo que ni se molestara, que no le iba a hacer caso.
  • Jajajajaajaja.

Productos-Yves-Rocher

  • Creo que me di cuenta de que había tocado fondo, cuando un día estaba en la cama y pensé “Creo que mañana no es imprescindible que use la mascarilla de pelo”. Pero aún así seguí yendo hasta que un día entré en mi casa y al mirar el armario del baño me di cuenta de que tenía decenas de geles, champús, colonias, cremas…. ¡Un arsenal de potingues que tardaría en gastar años! Y pensé: “No puedo seguir comprando telares de estos, y menos con la mierda de sueldo que tengo, porque me voy a arruinar”. Así que dos días después, volví a la tienda armado de valor para verla, y cuando se me acercó (ya venía descojonándose nada más verme), antes de que empezase a hablar, le dije: “Mira, tengo muchas cosas en casa que no sé para qué sirven, no sé cómo usarlas y seguro que me estoy duchando con las cremas y dándome champú en las mano. Ya no sé qué más comprar para seguir viéndote…. ¿Podemos tomar un café, fuera de aquí, POR FAVOR?”
  • ¿¿¿Y qué te dijo???
  • Me dijo: “No, lo siento, pero no puedo”.
  • Ohhhhhh, vaya. ¿Y ahí se terminó vuestra historia de amor?
  • Casi. Un par de semanas después, pasé al lado de la tienda y vi un cartel que decía: “Tratamiento facial exclusivo para clientes”. Me entraron sudores fríos al imaginarme que me podía dar un masaje en la cara, y entré. Al verme, se acercó y sin que yo le preguntara nada, me dijo descojonada de la risa: “Los tratamientos faciales no los doy yo”. Así que, me di la vuelta y me fui.
  • JAJAJAJAJAAAJAJAJAJA. ¿En serio?
  • Sí. Y la siguiente vez que fui ya no estaba😟. La jefa me dijo que la habían trasladado de tienda.
  • Jajajaja. Normal… la habrían ascendido gracias a ti.
  • ¡¡Seguro!! Si iba a comisión, durante ese mes la tuvieron que hacer jefa provincial como mínimo.

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