• ¿Y a éstas que coño les pasa hoy? —Le dije a Enma—. ¿Se puede saber a que ha venido eso?
  • Ni puta idea… Yo me he quedado tan sorprendida como tú. Porque que yo sepa no ha pasado nada con ellas, ¿no?
  • ¡No! Si yo llevaba sin coincidir con ellas mil años…
  • A lo mejor…

  • En fin, voy a mear… ahora vuelvo.
  • OK, yo te espero aquí.

Tardé un poco en llegar al baño porque por el camino me entretuve hablando con varios de los amigos de Diego, y cuando llegué, me tuve que quedar esperando a la puerta porque había alguien dentro. Al poco rato llegó detrás de mí la zorra de Paula.

Y al verme dijo: “¡Puag! ¡Si eres tú!” y se fue. Eso ya me pareció el colmo, porque yo no le he hecho nada a la cara-caballo frígida esta para que me hable de esa manera. Así que si ella me va a tratar con esa falta de educación, yo no tengo por qué guardar ninguna clase de compostura. ¡Faltaría más!

Cuando por fin pude entrar en el baño y volví donde estaba Enma, vi que Diego seguía exactamente en la misma posición en la que lo dejé al irme, o sea…

 

Las otras dos, que no se lo esperaban, se quedaron sin reaccionar, con la cara completamente desencajada… Y yo tan feliz pensando que ya que me odian, que me odien por algo.

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