A raíz de deciros que estoy decidida a hacer yoga en casa y a aprender a ponerme sobre las manos yo sola, muchas estáis muy preocupadas por si me abro la cabeza.

Me hace mucha gracia darme cuenta de que muchos me tenéis por una cabeza loca muy impulsiva, pero no lo soy. Más bien soy todo lo contrario. Es verdad que tengo mucho carácter y una forma de hablar muy enérgica… y quizá por eso doy la impresión de hacer las cosas sin pensarlas… pero la verdad es que siempre he sido una persona muy precavida. Quizá demasiado.

Mi padre  dice que siempre que ve a Lisa Simpson se acuerda de mí, porque es igual que yo de pequeña. Y mi madre directamente afirma que yo no he tenido infancia porque ya nací siendo mayor, jajaja. Y es verdad. De hecho, me acuerdo perfectamente de ir andando por la calle con mis padres y mis hermanos pequeños y yo ir señalando como una cotorra todos los peligros que iba viendo por la calle: “cuidado que vienen coches”, “cuidado, Adri, no te caigas, que esa acera está muy alta”, “mamá, cuidado que Manu está chupando un palo, a ver si se va a sacar un ojo”, “cuidado que hay unos niños jugando a la pelota y si pasamos cerca nos pueden dar un balonazo”… y mi madre diciéndome “Sandra, calla un poco, hija… que ya estamos pendientes nosotros”, jajajajajaja.

 

Ni siquiera me gustaba nada ir al parque a jugar con otros niños porque todos me parecían una panda de temerarios que no hacían más que hacer peligrar su integridad física… y de rebote, la mía. Solo me gustaba jugar con mi amiga Raquel, que también nació siendo vieja… y las dos éramos felices estando en casa sentadas tranquilitas, leyendo un libro, o jugando a algo que implicara la menor actividad física posible. Jajaja.

Es curioso lo poco que cambiamos por muchos años que pasen, porque a día de hoy, seguimos teniendo las mismas predilecciones.

 

En una ocasión, cuando estaba aprendiendo a montar en bici, una tarde la fui a coger y vi que mi padre me estaba quitando los ruedines… y le dije horrorizada:

  • Pero papi, ¿¿¿por qué me quitas los ruedines???
  • Porque ya sabes andar de sobra sin ellos.
  • ¿¿¿Y si me caigo??? (Recuerdo perfectamente ese momento porque la idea de caerme de la bici me resultaba completamente aterradora)
  • No te vas a caer. Te los he ido abriendo cada vez más sin que te dieras cuenta, y llevan una semana abiertos al tope, y me he fijado que nunca tocan el suelo. Así que ya es hora de quitarlos. ¡Venga, móntate! ¡Ya verás como sin ruedines vas mejor!
  • Hummmmm. Vale… pero espera un momento. ¡¡¡Ahora vuelvo!!!

Me marché (mi padré debió pensar que había ido al baño a hacer pis, o qué se yo), y cuando volví lo hice equipada con unas rodilleras y unos guantes.

En aquel entonces absolutamente nadie se ponía cascos ni ningún tipo de protecciones para montar en bici. Si te caías y te desollabas entero, pues ibas a casa… y ya según fuera tu madre de aprensiva, te mandaba a urgencias a que te dieran unos puntos, o te apañaba con un poco de mercromina y un esparadrapo… y pista. Pero yo, que nunca he sido amante de correr riesgos, y particularmente siempre he temido mucho por la seguridad de mis rodillas, lo primero que hice fue ir a buscar algo para protegerlas (en este caso, con unas rodilleras que tenía de aprender a patinar).

Al verme, mi padre no pudo evitar una carcajada, y me dijo: “Pero Sandra, hija, ¿dónde vas con eso? Jajajajaja. Mira que eres miedosa”. A lo que yo le respondí muy seria: “Papá, ¡la seguridad es importante! No todo puede ser diversión”.

 

Jajajajaja. Ahora que lo veo escrito sí que es verdad que suena totalmente a Lisa Simpson.

Y si era así de miedosa con seis años… imagináos como seré treinta años más tarde. Soy una experta en ver cualquier peligro que ronde en 200 metros alrededor. No en vano mi madre siempre dice que si algún día dan un título de “Miss prevención de riesgos”, debería presentarme al concurso… porque no tengo competencia. 😂😂😂

Así que tranquis, que una cosa es que piense terminar el año sosteniéndome sobre las manos… y otra muy diferente que esté dispuesta a hacerlo de cualquier manera, descalabrándome en el intento.

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