La cocina no es mi fuerte. Nunca me ha gustado demasiado cocinar, así que siempre intento hacer comidas minimalistas que apenas me lleven tiempo: como legumbres y cosas parecidas que solo hay que ponerlas en la olla y puedes abandonarlas a su suerte en la cocina mientras tú sigues haciendo otras cosas… o mientras no haces absolutamente nada. De hecho, el resto de las cosas también las cocino así: las tiro en la cazuela, me voy al salón… y cuando me acuerdo de ir a apagarlo (o cuando me llega olor a quemado… lo que sea que pase antes), voy a la cocina, lo quito del fuego y lo doy por bueno tal y como haya quedado. Ley del mínimo esfuerzo, vaya. Mi madre dice que a veces tiene miedo de que muera en una explosión, o un incendio doméstico que haya provocado yo misma, o algo parecido. Siempre le he dicho que es una exagerada y que no es para tanto… pero hoy casi casi le he tenido que dar la razón.

Me he levantado bastante temprano (porque ayer volvimos pronto a casa), así que he ido a hacer la compra y me he dispuesto a hacer la comida. He ido a la carnicería a comprar cosas para hacer cocido, y cuando he vuelto a casa he visto que me había excedido un poco en la compra, porque había comprado tantas cosas (chorizo, tocino, morcillo, gallina, etc.) que casi no me cabía todo en la olla. Al final he conseguido meterlo todo, a costa de tener que quitar un poco de agua y de llenar la olla prácticamente hasta arriba.

Ha sido una mala idea… porque las ollas a presión necesitan que dejes una cuarta parte vacía para que el aire que hay dentro pueda expandirse al calentarse con la temperatura. Lo sé ahora… después de al poner la olla al fuego y empezara a calentarse, haya empezado a hacer muchísimo ruido, a tambalearse… y hayan empezado a salir espumarajos por la junta y a salir el vapor de agua por la válvula con tanta fuerza, que incluso llevaba incorporado trozos de perejil que salían disparados y se quedaban estampados contra la pared.

Me ha dado tanto miedo acercarme a apagarla por si explotaba, que he cerrado la puerta y me he ido a la otra punta de la casa, resignada a que pasara lo que tuviera que pasar… porque me parecía mejor idea que reventara y partiera cuatro azulejos de la cocina, que no que mi pobre madre tuviera que ir al depósito municipal a identificar mi cadáver después de que los bomberos hubieran tenido que entrar en mi piso y me hubieran encontrado con la tapadera de la olla incrustada en el cráneo.

Al final, me he armado de valor… he abierto la puerta de la cocina, y he ido agachada, lo más pegada al suelo posible hasta que he llegado al mando para apagar la olla. Me he dado la vuelta, he salido pitando, he cerrado la puerta… y no me he atrevido a volver a entrar hasta tres horas más tarde.

Nota mental: no volver a llenar tanto una olla si no quieres pasarte media hora limpiando perejil disparado hasta en el techo y estar a punto de morir en el intento. Ains. ¡¡Qué miedo he pasado!!

Cuando ya he estado segura de que la olla estaba fría del todo, la he abierto, he separado el contenido en dos tandas y me he dispuesto a terminar de hacer el cocido. Eso sí, lo había pasado tan mal, que esta vez he decidido hacerlo a fuego lento aunque me tirara toda la tarde. Ya que estaba en la cocina y con el susto no iba a poder dormir la siesta, he cambiado los planes por pasarme hoy toda la tarde cocinando y mañana teñirme el pelo y descansar.

He hecho calamares en su tinta y sopa de pescado con arroz. En lo que se hacían, he llamado a mi hermana y le he estado contando todas las movidas con Diego y Pili de estos días… porque la había puesto al día por Whatsapp pero no había hablado con ella por teléfono desde entonces.

Cuando le he colgado y he vuelto a la cocina se me habían quemado los calamares (menos mal que eran en su tinta y no se nota demasiado) y la sopa de pescado se me había quedado reducida a arroz caldoso. ¡Madre mía, qué día de desastres culinarios! Al final va a tener razón mi madre en temer que cualquier día pueda morir víctima de un accidente doméstico en mi propia casa.

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